23 de febrero de 2009

“¡Quieto todo el mundo!”

Así, con estas palabras, fue como entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero. Unas imágenes que han quedado grabadas en la memoria colectiva de los españoles.

De no ser por la extrema gravedad de los hechos -acaecidos hace hoy 28 años- la situación tendría una lectura particularmente hilarante. Tricornio en la cabeza y pistola en ristre, hizo su aparición aquel personajillo de mirada estrábica y mostacho singular. Sin embargo, no dejaba de ser mero peón de una trama profunda, cuyas raíces se hundían en un fangoso lodazal de mentiras y traiciones que nunca llegó a ser del todo aclarado. Pero no es esto lo que quiero analizar.

En mi opinión, hubo aquella noche cuatro hombres que se ganaron el respeto de los españoles por y para siempre. El primero, y seguramente el más olvidado por todos, fue el general Gutiérrez Mellado, a la sazón ministro de Defensa y vicepresidente del Gobierno. A pesar de su avanzada edad, no dudó en levantarse para pedir explicaciones a los golpistas, por lo que fue ignominiosamente zarandeado. El propio Tejero, en un acto deleznable para con un anciano, trató de zancadillearle sin éxito, lo que añadió aun mayor patetismo a la situación. El segundo personaje fue el presidente saliente, Adolfo Suárez, recién dimitido ante el acoso y derribo, desde dentro y fuera de su partido. Logró mantener una actitud ejemplar, más que digna, teniendo en cuenta la situación. El tercero, Santiago Carrillo, al que presumiblemente le quedaban muy pocas horas de vida, y que nunca cedió ante el miedo. Ninguno de ellos agachó la cabeza antes las ráfagas de ametralladora. En cuanto al cuarto y último, tengo que mencionar al rey Juan Carlos. Siendo como soy un republicano convencido, debo reconocer que básicamente fue él quien paró el golpe. Por lealtad a la Constitución o por inteligencia política, no dejó de cumplir con su deber. Quizá no le interesaba especialmente que España volviera a ser la última dictadura de Europa Occidental.

Lejos de tan valerosas actitudes, no hay que olvidar otras bastante menos decorosas. En primer lugar, siempre me hará sonrojar la imagen de trescientos diputados, el Poder Legislativo al completo, echándose al suelo. Comprensible, pero indigno habida cuenta su calidad de representantes de la Nación. Por otro lado, nunca dejaré de avergonzarme de la actitud de los sindicatos, cuyos afiliados atascaron aquella noche los inodoros de media España con los trozos de sus carnés. Entendible, pero vergonzoso. No obstante, si hay algo que siempre me parecerá deshonroso fue la pasividad del pueblo español. ¡Qué menos que un millón de madrileños en la Carrera de San Jerónimo, pidiendo explicaciones ante el pesado yugo que nos trataban de imponer! Pero era más fácil escucharlo desde casa con el transistor…

Es claro: se ve muy fácil desde la distancia, y esto condiciona mi análisis. La dictadura estaba muy presente y el fantasma de la Guerra Civil aún rondaba las cabezas de los españoles.

Pues bien, se atribuye a Winston Churchill haber dicho en una ocasión que las naciones tienen los gobiernos que se merecen. ¿Qué merecimos aquella noche los españoles?

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