Había transcurrido aproximadamente un año desde el estreno de la película y varias personas me habían recomendado que la viera. Al estar basada en un cómic, pensaba que sería una gran patochada, pero quedé más que impresionado: es la única película de acción que me ha hecho reflexionar algo más profundo que la idea de recibir una patada en la cara es algo doloroso.
La película se sitúa en Inglaterra, en un futuro apocalíptico de caos global. En este contexto tenemos a Norsefire (Fuego Nórdico), un partido neo fascista que ha conseguido hacerse con el poder. Mucho cabría discutir sobre esta posibilidad: no en vano, el Reino Unido pasa por ser el único gran país europeo que jamás sufrió una dictadura. ¿Conciencia protestante? ¿Liberalismo? Quizá mezcla de ambas.
Dejando de lado los tintes anarquistas, que por lo visto no son tan exagerados como en el cómic, la película es un canto contra la opresión y en favor de la libertad. Recomiendo encarecidamente su visionado completo, pero el final (infra) es conmovedor: el protagonista, V, un ladrón de obras de arte y culto librepensador al que un experimento biológico desarrollado por los médicos de la dictadura han concedido una fuerza y unos reflejos sobrehumanos. Como colofón a su venganza, y ya desde el otro mundo -cual Cid Campeador-, derriba las Casas del Parlamento, todo ello genuinamente acompañado con la Obertura 1812 de Tchaikovsky. Además, debo decir que la acción de V está inspirada en el plan de Guy Fawkes quien, 400 años antes, trató de hacer lo mismo con Jacobo I en su interior. Sin embargo, Guy Fawkes no era ni mucho menos un Bakunin adelantado a su tiempo, si no más bien un fanático ultracatólico pagado, como no, con oro español. Curiosa contradicción, aunque no tan grande como la de nuestro amigo V, cuya Vendetta le lleva a volar el símbolo de la democracia para hacer caer una dictadura. ¿O acaso busca volar un símbolo del Estado para acabar con él?.
No obstante, esta escena debería hacernos reflexionar a todos, pues vivimos en un país donde el símbolo supedita al sentimiento y donde la bandera es patrimonio de unos pocos. Entiendo que es difícil sacar una lectura patriótica de un argumento tan marcadamente ácrata, pero la libre interpretación debe ser prerrogativa del espectador. Siempre lo digo, por dolo o por ignorancia, aquí se confunde patria con nación, nación con Estado y Estado con gobierno. Un buen ciudadano debe lealtad a los cuatro principios, pero siempre teniendo en cuenta que unos están por encima de otros. No hay mucho que hacer: en nuestro país la patria es medio y nunca fin, es decir, nos servimos de ella, nunca a ella.
La película se sitúa en Inglaterra, en un futuro apocalíptico de caos global. En este contexto tenemos a Norsefire (Fuego Nórdico), un partido neo fascista que ha conseguido hacerse con el poder. Mucho cabría discutir sobre esta posibilidad: no en vano, el Reino Unido pasa por ser el único gran país europeo que jamás sufrió una dictadura. ¿Conciencia protestante? ¿Liberalismo? Quizá mezcla de ambas.
Dejando de lado los tintes anarquistas, que por lo visto no son tan exagerados como en el cómic, la película es un canto contra la opresión y en favor de la libertad. Recomiendo encarecidamente su visionado completo, pero el final (infra) es conmovedor: el protagonista, V, un ladrón de obras de arte y culto librepensador al que un experimento biológico desarrollado por los médicos de la dictadura han concedido una fuerza y unos reflejos sobrehumanos. Como colofón a su venganza, y ya desde el otro mundo -cual Cid Campeador-, derriba las Casas del Parlamento, todo ello genuinamente acompañado con la Obertura 1812 de Tchaikovsky. Además, debo decir que la acción de V está inspirada en el plan de Guy Fawkes quien, 400 años antes, trató de hacer lo mismo con Jacobo I en su interior. Sin embargo, Guy Fawkes no era ni mucho menos un Bakunin adelantado a su tiempo, si no más bien un fanático ultracatólico pagado, como no, con oro español. Curiosa contradicción, aunque no tan grande como la de nuestro amigo V, cuya Vendetta le lleva a volar el símbolo de la democracia para hacer caer una dictadura. ¿O acaso busca volar un símbolo del Estado para acabar con él?.
No obstante, esta escena debería hacernos reflexionar a todos, pues vivimos en un país donde el símbolo supedita al sentimiento y donde la bandera es patrimonio de unos pocos. Entiendo que es difícil sacar una lectura patriótica de un argumento tan marcadamente ácrata, pero la libre interpretación debe ser prerrogativa del espectador. Siempre lo digo, por dolo o por ignorancia, aquí se confunde patria con nación, nación con Estado y Estado con gobierno. Un buen ciudadano debe lealtad a los cuatro principios, pero siempre teniendo en cuenta que unos están por encima de otros. No hay mucho que hacer: en nuestro país la patria es medio y nunca fin, es decir, nos servimos de ella, nunca a ella.

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