27 de febrero de 2009

Castilla también es una nación

Nunca he dudado de la extraordinaria habilidad de los nacionalismos periféricos, los cuales vieron cumplidas sus aspiraciones autonomistas durante la Transición. Lograron implantar una estructura federal, hecha a su medida, donde fueron desarrollando una progresiva asunción de competencias que, andando el tiempo, han minado la cohesión y la unidad del Estado. Y lo que es peor: con la perversa connivencia de los dos grandes partidos políticos.

Hay quien no es partidario de hablar de España como nación de naciones, aunque yo personalmente no albergo temor a ese concepto. Creo que existe una nación conjunta, lo que no impide que haya otras naciones en el corazón de sus habitantes. El problema son las relaciones de poder que hay detrás de tales sentimientos, que fueron abyectamente canalizados para que las autonomías “históricas” obtuvieron un mayor peso político que las demás. Pero para ello era imperativo descuartizar a la nación castellana, cuya fragmentación entregaría el monopolio del poder político y mediático a los nacionalismos periféricos.

Y es que, a poco que se medite, se llega a la conclusión de que la Comunidad Autónoma de Castilla y León es una verdadera pesadilla conceptual. ¡Cómo va a ser castellano un leonés! León hubiera merecido una autonomía “histórica” propia, de igual manera que Castilla hubiera merecido una autonomía agregada. Peor aún es el caso castellano-manchego. ¿Cómo demonios se puede llamar manchego a un alcarreño o a un almanseño?

Pues bien, imaginemos ahora una Comunidad Autónoma que hubiera englobado toda Castilla, es decir, las provincias de Santander, Palencia, Burgos, Logroño, Valladolid, Ávila, Segovia, Soria, Toledo, Madrid, Guadalajara, Ciudad Real y Cuenca. Estaríamos hablando de más de diez millones de habitantes, con un potencial económico equivalente al de Cataluña, País Vasco y Galicia juntas. Y eso dejando de lado otras zonas eminentemente castellanizadas, como Álava o la comarca de Requena-Utiel.

¡Alto! Que nadie caiga en la tentación de malinterpretar mis palabras: no abogo por la creación de una Comunidad castellana, ni mucho menos. Por el contrario, me limito a señalar que hubiera sido un potente contrapeso para equilibrar la balanza contra aquellos que chantajean al Estado en base a unas diferencias culturales que son, en muchos casos, artificiales. Bien es cierto que cualquier deseo irredentista castellano se desvanece ante la situación política nacional: me dan escalofríos solo de pensar en quién podría ser el Presidente de dicha Comunidad, en la lujosa decoración de su importante despacho o en su poderosa red de espionaje.

1 comentarios:

  1. Tienes más razón que un santo...Lo que ocurre es que los castellanos de hoy ni siquiera sienten el castellanismo, no hay una tradición autonomista; antes se consideran españoles o de su propia provincia. Ya lo dijo alguien muy sabio: "Castilla, mejor te iría siendo nacionalista".

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