22 de febrero de 2009

Bermejo, cuestionable y cuestionado.

Estos días estamos asistiendo a un aluvión de críticas sobre el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo. Antes que nada, debo decir que cuando este señor alcanzó la cartera me pareció un caballero de firmes convicciones, actitud trabajadora, hablar jocoso y carácter afable. Tan solo dos años ha necesitado para defraudarme, transformando su simpática chulería en despreciable prepotencia.

No es un asunto menor el de la cacería con el juez Garzón; a pesar de lo cual, algunos deberían recordar con qué actividades se entretenía el señor Fraga mientras tenía un petrolero yéndose a pique frente a las costas gallegas. Sea como fuere, el señor Bermejo parece tener unas costumbres marcadamente aristocráticas, lo que no es muy apropiado a la hora de hablar de un político socialista. Sin embargo, lejos de criticar sus legítimas aficiones, prefiero centrarme en el tema de fondo: la mala imagen que da un ministro de Justicia echándose al monte a cazar con el juez que, casualidades de la vida, está dirigiendo investigaciones sobre la corrupción en el principal partido de la oposición.

Dejando de lado el hecho la legalidad o ilegalidad de la montería que, tratándose de dos magistrados, ya sería el colmo de la desvergüenza, prefiero referirme a la inmoralidad de ambos políticos. Y digo bien, ambos políticos, pues no hay que olvidar que el señor Garzón es un socialista confeso, miembro de los últimos gobiernos de Felipe González. En cualquier país, esto le inhabilitaría moralmente para desencadenar una persecución judicial contra la oposición -que no deja de ser deseable y merecida-. No es de extrañar que tanta actividad le provoque molestias coronarias a nuestro juez estrella…

Hilando fino, estamos por tanto ante el mismo problema de siempre: confusión de conceptos. La separación de poderes brilla por su ausencia y siempre se cruza la delgada línea roja entre cooperación e invasión de competencias. Personalmente, creo que esto es un inconveniente estructural en un país donde el poder ejecutivo forma parte del poder legislativo y el poder judicial es elegido por los dos primeros. Sería conveniente una revisión total del Parlamentarismo a nivel europeo, pero eso es otro asunto.

Por último, ya hay informaciones sobre la sustitución de Bermejo para finales de año, en la próxima remodelación de gobierno antes de que España ocupe la Presidencia la Unión Europea. Pero esto no es suficiente. Estamos en un país donde existe una cultura política de constante “huida hacia delante”. Cuando un alto cargo comete una serie de errores, lo habitual y necesario es que dimita y, si no lo hace, que una instancia superior le cese. Pero no, en España esto no sucede, y como dijo la señora Álvarez, ministra de Fomento: “antes partía que doblá”. El mal gusto y la prepotencia parecen algo ligado a los políticos acosados: el señor Bermejo se retiró del pleno en que se pedía su dimisión lanzando un beso a la bancada socialista y entre gritos de: “¡Torero, torero!”. Bochornoso.

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